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La solución de la taza de café

Por Lee Hamilton

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¿Ha tratado de ponerse en contacto con su miembro del Congreso recientemente? No es fácil.

La manera tradicional es sentándose y escribiéndole una carta. Pero desde los ataques terroristas del 11 de septiembre y el pánico del ántrax que le siguió, cada carta que llega al Capitolio es revisada, de manera que cuando arriba a su destino final no solo lo hace tarde, sino que la carta suele llegar dañada.

Podría tratar de enviar un mensaje por fax, pero en la actualidad es difícil lograr que éste reciba atención: los faxes del Congreso están permanentemente congestionados con los materiales enviados por los grupos de interés organizados.

Puede tratar de enviar un correo electrónico, pero las probabilidades de ser tomado en cuenta son incluso menores que con un fax. De acuerdo a un estudio reciente publicado por la Fundación de Administración del Congreso, el año pasado se enviaron 83 millones de correos electrónicos a los miembros del Senado, y 99 millones a los miembros de la Casa de Representantes. No sorprende entonces que las oficinas del Congreso estén teniendo problemas para procesar—peor aún para prestar atención a—los correos electrónicos que reciben.

Viajar a Washington también es difícil: Está más allá de las posibilidades de la mayoría de gente, y los miembros del Congreso están tan ocupados en los pocos días de la semana que pasan en la capital que es difícil obtener una cita si usted es un ciudadano común y corriente, no importa cuánta pasión tenga por un tema particular.

Puede que tenga la tentación de darse por vencido. Especialmente si usted ha estado leyendo los periódicos, donde puede ver que los lobistas y grandes patrocinadores otorgan a los legisladores contribuciones de campaña, viajes para jugar golf, y entradas para el teatro o eventos deportivos importantes. “No puedo competir con eso”, puede ser su conclusión.

Pero de ser así estaría equivocado. Usted sí puede competir. Esta es la manera: llame a la oficina de su representante e invítelo a reunirse con usted y algunos de sus amigos para tomar un café en algún lugar de su distrito. Sea persistente. Una visita personal es una de las maneras más efectivas y menos utilizadas por el público para dar conocer sus puntos de vista individuales.

Probablemente piense que estoy loco, que un poderoso e importante miembro del Congreso jamás se molestará en atender a nadie que no esté firmando un gran cheque para la campaña o cabildeando para un grupo de interés acaudalado.

La verdad es, sin embargo, que en todos mis años en el Congreso nunca supe de algún colega que no se dignara a sentarse con un elector.

Hay dos simples razones para esto. Una es que la mayoría de los miembros del Congreso toman muy en serio su papel como representantes; y escuchar a los electores es parte de su trabajo.

La otra razón es que usted vota. Los miembros del Congreso no pueden hacer lo que quieren hacer en un cargo público importante a menos que sean elegidos, y eso requiere votos. Es por ello que tienen oficinas llenas de empleados que ayudan a los electores a resolver problemas con el gobierno federal. Si se corriera la voz de que no pueden ser molestados para ayudar a que un paisano obtenga un cheque extraviado de la Seguridad Social o para escuchar los puntos de vista de sus electores en un tema importante, es seguro que sufrirían las consecuencias en las urnas.

Pasa lo mismo cuando se solicita una reunión. Si usted llama a la oficina de su congresista, es casi seguro que recibirá una respuesta negativa. Puede que le digan, “Bueno, ella no puede reunirse con usted la próxima semana”, pero es por ello que la persistencia es importante. Si ella no puede reunirse con usted la próxima semana, pregunte si está disponible la semana siguiente. O pregunte si tiene horas de oficina establecidas para reunirse con sus electores en el distrito.
Muchos miembros del Congreso lo hacen.

Usted puede reforzar su caso convenciendo a algunos amigos que lo acompañen—después de todo, mientras más electores, mejor—y dejando en claro que no está planeando presentar una larga lista de quejas. Concéntrese en un par de temas que le interesan discutir, y déjele saber cuáles son esos temas al empleado que programe la cita.

Esto puede parecer mucho trabajo, pero déjeme asegurarle que no lo es. Nuestro modelo de democracia depende de que nuestros representantes electos conozcan lo que pensamos. No solo les ayuda a ellos a representarnos mejor, sino que asegura que las ideas e intereses de los electores comunes y corrientes puedan competir con aquellas de la pródiga industria del cabildeo en Washington.

Si tiene algo que decir, levante el auricular y haga el intento. Podría sorprenderse de cuán fácil—y efectivo—puede ser.


(Lee Hamilton fue miembro de la Casa de Representantes de Estados Unidos por 34 años y es ahora el director del Centro del Congreso de Indiana University).

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