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La prensa es buena, pero no suficientemente buena

Por Lee Hamilton

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Estos han sido meses refrescantes para aquellos de nosotros que creemos que una prensa enérgica es clave para la salud de la democracia americana. Cuestiones de gran importancia para este país—el alcance y extensión apropiados del poder presidencial; la relación de dinero y cabildeo con la elaboración de políticas en el Capitolio; la justificación de la guerra en Irak y la manera cómo ésta se viene conduciendo—han venido recibiendo gran atención en los medios durante el último año.

De hecho, varias de las historias más importantes que usted ve en las portadas o en los noticieros nocturnos se iniciaron gracias a reportajes emprendedores. El escándalo de cabildeo que rodea a Jack Abramoff, por ejemplo, comenzó a crecer cuando hace dos años apareció en un periódico un reportaje que detallaba los exorbitantes honorarios que éste recibiera de tribus indias. La decisión de la administración Bush de permitir que la Agencia de Seguridad Nacional espíe a ciudadanos fue descubierta por la prensa, como lo fueron las revelaciones de los múltiples abusos de prisioneros en Abu Ghraib.

Así que puede que éste parezca un momento inadecuado para confrontar a la prensa con sus limitaciones. Pero es precisamente esto lo que se necesita hacer ahora.

Un cuerpo de prensa enérgico se ubica en el corazón de una sociedad libre y es esencial para el funcionamiento apropiado del Congreso. Ayuda a establecer la agenda nacional. Ayuda al pueblo a ser escuchado. Ofrece un foro para las argumentaciones, discusiones y debates que conforman el mercado de ideas. Actúa como vigilante y hace posible que el pueblo le pida cuentas a aquellos que se encuentran en el poder. Disemina información, educa a nuestra ciudadanía y le permite tomar decisiones más informadas y refinadas.

En pocas palabras, la prensa hace posible que los americanos comprendan y cumplan su papel en una democracia representativa, no solo haciendo más probable que puedan hacer que el sistema trabaje para ellos, sino también dándoles los conocimientos que necesitan para comprometerse y permanecer activos en el sistema político.

Por ello resulta preocupante que, con demasiada frecuencia, los periodistas y sus editores no cumplan con sus responsabilidades a cabalidad. Muchos periodistas en Washington dependen demasiado de fuentes oficiales para obtener su información, y creen que “cultivar” lazos con esas fuentes es más importante que arriesgarse a ofenderlas. Estos periodistas siguen a la multitud, en vez de buscar reportajes que nadie más ha cubierto. Y una buena parte de la prensa de hoy en día tiene una fascinación poco crítica con la fama y el poder.

En nombre del “equilibrio”, el cuerpo de prensa se deja utilizar por una muy bien desarrollada industria de la interpretación de noticias, en lugar de usar sus propios criterios y conocimiento y decirles a los lectores o televidentes qué es lo que realmente está pasando. Yo prefiero una prensa que expresa su opinión a una que mantiene un falso equilibrio o se rinde ante la tiranía de la “equidad”, haciendo parecer que dos puntos de vista sobre un tema tienen igual peso, aún cuando en realidad no lo tengan.

Es igual de frustrante ver una prensa que es reacia o incluso se niega a reportar verdades inquietantes que los americanos necesitamos oír: historias de iraquíes inocentes muertos a consecuencia de acciones americanas, por ejemplo, o los desafíos que enfrentan los pobres y la clase trabajadora en este país.

Algunas historias—digamos, el uso de esteroides en béisbol—obtienen una cobertura desproporcionadamente amplia, mientras que cuestiones menos glamorosas pero muchas veces más importantes suelen pasar casi desapercibidas. El reportaje de investigación está pasando de moda, y la prensa ha dejado que se deteriore su labor fiscalizadora—su responsabilidad de mirar en cada rincón del gobierno, y hacer públicas las actividades de los funcionarios oficiales. ¿Cuándo fue la última vez que vio una cobertura extensa de cómo es que las decisiones regulatorias lo han afectado a usted? ¿O sobre las altas y bajas de la política agrícola?

Los estrechos lazos que existen entre la comunidad de cabilderos ubicados en la “calle K” de Washington y algunos miembros del Congreso han recibido atención de la prensa recientemente, pero han sido parte central de la vida en el Capitolio por muchos años, y merecían haber recibido una mayor cobertura mucho más temprano. Hasta el presupuesto federal recibe poca atención, aun cuando es posible que esta sea la historia originada en Washington más importante para el americano promedio.

Quizás el cuerpo de prensa de Washington esté involucrándose más en el asunto ahora, pues una buena historia lleva a otra sobre el funcionamiento interno del Capitolio, la comunidad de cabilderos o el poder ejecutivo. Puede que el público americano prefiera entretenimiento y deportes, pero esa no es una razón válida para que la prensa evada su responsabilidad de ayudar a que nuestra sociedad permanezca libre, y asegurar que nuestros ciudadanos puedan juzgar si nuestro sistema de gobierno está funcionando.

Yo quiero que la prensa sea escéptica, profesional, independiente y auto disciplinada. Quiero que actúe convencida de que el periodismo bueno, exacto y claro es el mejor antídoto contra la mentira, la complacencia, la incompetencia y la deshonestidad al interior de las oficinas de gobierno. Porque si la prensa no cumple con su rol en nuestra democracia, ¿quién lo hará?


(Lee Hamilton fue miembro de la Casa de Representantes de Estados Unidos por 34 años y ahora es Director del Centro del Congreso de Indiana University).

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