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Debemos recuperar nuestras campañas políticas

Por Lee Hamilton

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Puede parecer demasiado temprano para que usted comience a pensar en las elecciones parlamentarias del próximo año, pero déjeme asegurarle que un buen número de expertos en campañas ya lo están haciendo. Esto debería preocuparle. Permítame explicarle por qué.

Las elecciones son la llave de la democracia representativa. En una elección, los votantes expresan sus preferencias por candidatos y políticas, y ayudan a establecer el curso que seguirá el país. Pero, por varios años ya, me ha inquietado la manera en que efectuamos las elecciones para el Congreso. Las elecciones se han convertido en eventos tremendamente complicados. Los candidatos contratan redactores de discursos, encuestadores, expertos en propaganda y correo masivo, especialistas en fomentar la participación del electorado, programadores de eventos, y una multitud de otros profesionales. Debido a que hay mucho en juego en estas elecciones, las mismas cuestan grandes cantidades de dinero y requieren esfuerzos prodigiosos, pues nadie quiere dejar nada al azar.

Así, los eventos públicos de los candidatos son muy estructurados y muchas veces diseñados para evitar que se tengan que discutir en detalle cuestiones de interés público. El resultado: hoy en día es difícil encontrar el “diálogo democrático” que las campañas deberían representar—la oportunidad para que los ciudadanos escuchen a los candidatos hablar abiertamente y en detalle sobre sus opiniones fundamentales o sus puntos de vista sobre cuestiones públicas, y una oportunidad para que los ciudadanos y candidatos puedan discutir y debatir entre sí. En vez de esto, los políticos y sus consultores procuran preparar apariciones públicas estrictamente controladas. Su objetivo es que el candidato muestre una imagen tan favorable como sea posible y que el oponente quede tan mal como sea posible, y tener un libreto para cada momento de manera que el candidato solo hable sobre aquellos temas que funcionan a su favor.

Como la mayoría de electores obtiene su información a través de la televisión, en el año 2004 los candidatos y sus partidarios gastaron $1.600 millones en este medio, que si bien puede que les sea útil, también reduce la calidad del discurso público al presentar a los candidatos de una manera simplista y muchas veces provocativa. Como resultado de ello los electores con frecuencia se quedan sin recibir la información que necesitan para tomar decisiones informadas. Esto no es bueno para nuestra república.

Es difícil saber qué es lo que nuestros representantes representan en realidad si los electores nunca tienen la oportunidad de analizar los problemas más importantes del momento junto a quienes están postulando a un cargo público. Entonces, ¿qué podemos hacer los votantes para recuperar nuestras campañas? ¿Cómo, en otras palabras, rompemos el cascarón creado por la propaganda televisiva, los anuncios radiales, los carteles, los panfletos, y las apariciones meticulosamente diseñadas que los candidatos tanto quieren controlar?

La clave es que los electores demanden tanta información como sea posible de sus candidatos, no necesariamente dejando de lado las tácticas de campaña actuales, sino añadiendo eventos que permitan a los electores juzgar informadamente a los candidatos. Lo que realmente necesitamos son mecanismos a prueba de fallas para que los oponentes políticos discutan entre sí los principales temas del momento y respondan a las preocupaciones de los electores. Dichos electores deben insistir en que cada institución de su estado o distrito—incluyendo universidades, la Liga de Electores Mujeres, comités editoriales, Club de Leones, y otros—programen debates, organicen foros, ofrezcan conversatorios y hagan todo lo que esté a su alcance para llevar a los candidatos a reuniones con el público en las que no haya un libreto preestablecido. Del mismo modo, la prensa se ha vuelto demasiado respetuosa de la noción de que los lectores y televidentes no están interesados en los detalles de las políticas públicas.

Cuando Tony Blair estaba postulando a la reelección como primer ministro británico a inicios de este año, tenía que enfrentar a una horda de periodistas todos los días, donde sea que fuese, que lo interrogaba sin piedad sobre una desconcertante variedad de temas. Le garantizo que si los periodistas americanos les prestaran ese tipo de atención a los candidatos al Congreso—evaluándolos, probando sus puntos de vista, explorando sus posiciones con escepticismo y un análisis real—sus audiencias se incrementarían. También debería urgirse a las emisoras a transmitir al menos cinco minutos de discursos de cada candidato todas las noches durante el mes previo a la elección, mediante una mezcla diaria de entrevistas, debates, declaraciones, y sesiones de preguntas y respuestas. Al final, sin embargo, la responsabilidad le corresponde al elector americano.

Los electores necesitan insistir en recibir información útil para poder evaluar adecuadamente a los candidatos, evaluaciones de las que depende en última instancia el futuro de nuestra democracia.

Si hacemos todo lo que podemos para formular preguntas difíciles para nuestros candidatos, si asistimos a esos debates, foros y conversatorios preparados para entablar una discusión con quienes nos representarán y estamos dispuestos a exigir respuestas, podemos recuperar el proceso electoral y tomarlo en nuestras propias manos. Si demandamos más de nosotros mismos, nuestros políticos no tendrán más opción que responder, y es así como la república mejorará. 

(Lee Hamilton fue miembro de la Casa de Representantes de Estados Unidos por 34 años y es ahora el director del Centro del Congreso de Indiana University).

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